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Mensaje del Párroco - 20 de septiembre de 2026

hace 9 horas
2 min de lectura


Estimados feligreses de la parroquia de San Martín,


La semana pasada, mientras salía con un par de sacerdotes, entablamos conversación con un señor a quien conocimos por casualidad. En un momento dado, nos preguntó a qué nos dedicábamos, y respondimos que éramos sacerdotes. Tras la sorpresa inicial, nos confesó que era católico y que, de niño, ayudaba en la Misa todos los días. Sin embargo, a los dieciséis años dejó de practicar la fe y no ha vuelto a la Iglesia desde entonces. Ahora tiene sesenta y siete años. Mientras conversábamos, se sinceró y nos contó que su infancia había sido miserable. Sus padres eran ambos miembros del Cuerpo de Marines y, lamentablemente, criaron a sus hijos con una disciplina estricta y sin amor. Aunque no lo dijo explícitamente, me dio la impresión de que su imagen de Dios era la de un disciplinador severo, implacable, difícil de complacer y centrado únicamente en que siguiéramos sus normas para apaciguarlo. Es natural que la imagen de Dios que formamos en la infancia esté asociada a la relación que tenemos con nuestros padres. ¿Acaso sorprende que dejara de practicar su fe durante la adolescencia? A veces nunca logramos salvar la brecha entre nuestra imagen instintiva de Dios y lo que se nos enseña sobre Él a través de las Escrituras y la doctrina de la Iglesia.


Uno de los trabajos espirituales más importantes que debemos realizar es corregir nuestra imagen de Dios. Debido al pecado original y a nuestra naturaleza humana caída, nuestra “imagen de Dios” necesita cierto grado de corrección. Algunas personas perciben instintivamente a Dios como alguien severo y exigente; para otras, es un ser distante y al que parecemos no importarle. Hay quienes sienten que Dios está esperando para avergonzarnos o que su amor está condicionado. Jesús vino a revelarnos al Padre y dice en el Evangelio de Juan: “Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado Jesucristo” (Jn 17,3). El don del Espíritu Santo nos permite cerrar la distancia entre nuestra imagen de Dios —instintiva e insuficiente— y la verdad sobre quién es nuestro Padre Celestial. El Espíritu Santo nos convierte en hijos e hijas amados del Padre y derrama el amor de Dios en nuestros corazones. Uno de los libros que me ha resultado más útil en este proceso de sanar la imagen que tenemos de Dios es “Abba’s Heart”, de Neil Lozano. Lozano sostiene que el deseo de Dios para nosotros es que sintamos, hasta lo más profundo de nuestro ser, que somos sus hijos e hijas amados. Dediquémonos a esta tarea, pues hay innumerables personas en nuestro mundo que necesitan nuestro testimonio sobre la verdad del amor de Dios.


En Cristo,

Padre David














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