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Mensaje del Párroco - 8 de febrero de 2026



Estimados feligreses de San Martín:


En el evangelio de este domingo, Jesús llama a sus discípulos a ser la sal de la tierra y la luz del mundo. En tiempos de Jesús, la sal se usaba como conservante, ya que no existía la refrigeración. Impedía que los alimentos se pudrieran. Así, los cristianos debemos preservar la sociedad, protegiéndola de la corrupción que es consecuencia del pecado. Sin embargo, Jesús advierte a sus discípulos que si se apartan de su llamado a ser sal mediante acciones rectas e inspiradas por el Espíritu Santo, solo serán dignos de ser “arrojados y pisoteados”. Una maestra de una escuela católica me contó recientemente sobre un padre que intentó persuadirla para que le subiera la calificación a su hijo, de una B a una A. La maestra mencionó que esta práctica no es rara ¡y nada menos que en una escuela católica! De pequeñas y grandes maneras, y con mayor frecuencia de pequeñas maneras que justificamos, los católicos podemos apartarnos de la honestidad, la caridad, la pureza, la prudencia y las demás virtudes. En cambio, adoptamos actitudes, objetivos y acciones mundanas que no edifican la sociedad, sino que contribuyen a su corrupción. Cuando nos volvemos mundanos, perdemos nuestra identidad cristiana, lo cual es una situación peor que la de un no cristiano que actúa de la misma manera. “A quien mucho se le da, mucho se le exige”.

Jesús nos llama a ser la luz del mundo, no para que la gente nos alabe por nuestra bondad, sino para que “vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre celestial”. Nuestras buenas obras no son autorreferenciales, sino que deben guiar a los demás hacia Dios, quien es el único bueno. Según el evangelio de este domingo, los peligros que acechan en nuestra vocación cristiana son:

1. Mundanidad: “Si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará?…” ¿Actúo virtuosamente o

busco atajos en la vida moral para beneficiarme a mí mismo y a mis propios intereses?

2. Miedo: “Ni se enciende una lámpara para ponerla debajo de un celemín”. ¿Es mayor mi

deseo de encajar en el mundo que me rodea que el de hacer brillar la luz de la verdad y

la bondad de Cristo en medio de la confusión moral?

3. Orgullo: ¿Intento guiar a otros hacia Cristo con mis palabras y acciones, o busco la

admiración de los demás?

Los santos son aquellos que comprenden y aceptan su llamado a ser sal y luz, a pesar de sus propios miedos o del riesgo de ser rechazados. Dios nos da la gracia para seguir sus pasos, ¡porque el mundo nos necesita!


En Cristo,

Padre David














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