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Mensaje del Párroco - 2 de agosto de 2026



Estimados feligreses de la parroquia de San Martín,


El Evangelio de este domingo, que narra la multiplicación de los panes y los peces, presenta el único milagro de Jesús que es relatado por los cuatro evangelistas. Este milagro apunta al banquete eucarístico que Jesús instituye en la Última Cena y en el cual participamos en cada Misa. A continuación, se presentan algunos elementos clave del milagro según el relato de San Mateo:


1.        Cinco panes y dos peces: Jesús realiza el milagro de la multiplicación tras

recibir una ofrenda que, aunque pequeña, es más que suficiente para Él. En la

Misa, ofrecemos a Dios un sencillo sacrificio de pan y vino, pero Él lo

transforma en el don más grande de todos: el Cuerpo y la Sangre de Jesús,

nuestro Señor.

2.       La multitud se recuesta sobre la hierba: Esta imagen evoca el Salmo 23, donde

el Buen Pastor «me hace descansar en verdes praderas». Jesús es el Buen

Pastor que «restaura nuestra alma» y «prepara una mesa ante mí»,

alimentándonos con el pan del cielo.

3.       Tomó, bendijo, partió, dio: Jesús toma los panes, pronuncia la bendición, los

parte y los entrega a los discípulos. Son exactamente las mismas acciones —

incluso las mismas palabras— que Jesús realiza en la Última Cena al instituir la

Eucaristía. Estas palabras y acciones se repiten en cada Misa cuando el

sacerdote toma la ofrenda, la bendice por el poder del Espíritu Santo, parte la

hostia consagrada y distribuye la Comunión a los fieles para nuestro alimento

espiritual.

4.        Doce canastas de mimbre: Jesús no quiere que se desperdicie nada de este

alimento milagroso. En la Misa, reservamos las hostias consagradas en el

sagrario, porque Cristo está presente en su totalidad en la Eucaristía. El

número doce simboliza a Israel, y Jesús demuestra que restaurará y reunirá a

Israel mediante el don de este alimento milagroso. Somos plenamente el

nuevo y restaurado Israel de Dios cuando celebramos la Eucaristía.


El Evangelio relata que la gente comió y quedó satisfecha. La palabra griega para “satisfecho” implica una saciedad plena, hasta el punto de no poder ingerir ni un bocado más. Al recibir la Sagrada Comunión, el Señor sacia el anhelo más profundo de nuestra alma: nuestra hambre de comunión con Dios. Que nunca dejemos de maravillarnos ante el milagro de la Eucaristía, el don más grande y eficaz de Dios para saciar nuestra necesidad más profunda de Él.


En Cristo,

Padre David















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