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Mensaje del Párroco - 26 de julio de 2026



Queridos feligreses de San Martín:


La oración inicial de la Misa, que sigue al Gloria los domingos, se llama “Colecta”, porque el sacerdote recoge o reúne las oraciones de la asamblea al dirigirse a Dios Padre. Si prestan mucha atención, verán que el sacerdote hace una pausa antes de comenzar la oración; ese breve silencio le permite integrar en su propia oración las súplicas de la congregación. La Colecta de este domingo dice, en parte: “concédenos que, teniéndote a ti como gobernante y guía, sepamos usar los bienes pasajeros de tal manera que nos aferremos ya desde ahora a los que perduran para siempre”.

Esta oración expresa un aspecto importante de la vida espiritual. En primer lugar, todo lo que Dios creó es bueno, y por eso la oración lo afirma explícitamente. Sin embargo, se nos recuerda de inmediato que estos bienes son pasajeros. Jesús dice en los Evangelios: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido los consumen y donde los ladrones entran y roban; acumulen más bien tesoros en el cielo” (Mt 6, 19-20). ¿Cómo debemos utilizar adecuadamente los bienes de la creación? Debemos recibirlos con espíritu de gratitud, reconociendo que son dones de Dios. Esa es la primera parte de la respuesta; pero, tras nuestra respuesta de gratitud, debemos ofrecerlos nuevamente a Dios en sacrificio y bendición. De este modo, estos dones de Dios —"los bienes pasajeros”— se convierten en medios de comunión con Dios. Esto resume toda la acción de la Misa, en la que ofrecemos a Dios el pan y el vino, elementos que luego se transforman en nuestro medio de comunión con Dios en la Eucaristía.

Hace muchos siglos, San Agustín escribió sobre los bienes pasajeros y los bienes eternos que perduran. Decía que debemos “usar” los bienes creados como instrumentos que nos conduzcan a Dios, pero que solo de Dios debemos “gozar”. Cuando afirma que debemos gozar de Dios —a diferencia de usarlo como hacemos con las cosas de la creación—, quiere decir que debemos amar a Dios por el simple hecho de ser Dios. Solo a Dios debemos amar por sí mismo, reconociendo al mismo tiempo que a todo y a todos los demás debemos amarlos por amor a Dios.


En Cristo,

Padre David














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